En un día de lluvia suelen pasar las cosas mas extrañas, ese día llovía más de lo habitual.
Mi abuelo nos vino a visitar hoy, llego con mi prima Micaela, mi abuela y el Gacho, el gato de mi abuelo.
Con al Micaela jugamos todo el día, yo era un vaquero y ella la damisela en peligro, jugamos en mi pieza a los superhéroes, luego nos llamo mi abuelo, comimos sopaipillas, el nos tenia sentado a su lado y molestaba a mi hermana mayor con pedacitos de papel, mi hermana no sabia quien se los tiraba así que solo se reía, la lluvia se intensifico mucho mas.
Mi abuela en al cocina con mi madre, mi papa les decía –en el lugar donde deben estar. Todos se reí , con
“Somos solo personas básicas nuestros instintos no se adecuan, como lo hacen los de los animales, el Gacho en su época de cachorro aprendió como tenia que sobrevivir y un día hace muchos años ya, en la casa hizo algo similar.
Era un día de otoño caía mucha agua, creo que fue una de las lluvias mas fuertes de ese año, estábamos reunidos todos al igual que hoy, claro ustedes eran mas pequeños aun, tu padre y su hermano conversaban en la mesa, se reían mucho con sus distinguidas esposas, mis yernas.
El Gacho corría de un lado a otro, estaba totalmente extasiado por atrapar a eso que perseguía, el Gacho termino exhausto pero seguía en su caza implacable.
Al llegar la noche, estábamos todos acostados, ya eran casi medianoche estaba todo en silencio.
Pero en el silencio que reinaba en la casa se escuchaba una especie de tamborcito que golpeaba rápida y constantemente, mis hijos y yo buscamos por toda la casa que podría ser lo que estuviera sonando, pensamos en algún momento ¡una gotera!, pero no.
De pronto vimos al gacho parado en un esquina de la casa, como si tuviera un ratoncito acorralado, fuimos hacia donde se encontraba el Gacho, pero no vimos nada, todos nos dimos cuenta de que se intensificaba el tamborileo, ya no parecía un tambor eran claramente los latidos del corazón de algo, algo que palpitaba muy rápido, algo que era pequeño por la constante y rápida palpitación.
Con mis hijos reímos como nunca, pensamos en lo imposible, ¿el Gacho podría estar asustando a un pobre ratoncito?, pero si así fuera ¿como escucharíamos nosotros al ratoncito?
Mi hijo, tu papá Micaela tomo al Gacho en los brazos y le pidió disculpas al supuesto ratoncito, de entre la mesa paso algo corriendo desesperadamente, lo vimos los tres ¿verdad Fabián?, y no era para nada un ratoncito, era un hombrecito de sombrero, el cual freno su carrera, nos miro se saco el sombrero y nos saludo, desapareciendo entre la mesa y el sillón”
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